Sobre esta obsesión
Te pierdes, te pierdes en ese pensamiento que se sienta en el sillón de tus neuronas, se instala a tomar café. Una visita maleducada, grosera, que se queda a dormir sin permiso.
Dejas de ser, por instantes casi eternos, dejas de ser y eres solo eso que te asfixia a segundos, uno a uno, uno a uno, uno a uno; desesperante hormigueo vacío del estómago que grita, grita, grita y te atormenta con una voz atrapada, que te muerde muda porque no tiene cuerdas.
Y no se va y no la tienes, no la tienes, pero no se va. Espirales de círculos infinitos de ideas fijas y recurrentes, blanco, negro, blanco, negro, blanco negro hasta el fin inexistente de la tortura.
Y allí te quedas, te quedas, te quedas, atrapada en las ansias de tener eso que no llega, no llega, no llega y no sale, aunque empuje, empuje, empuje suplicando que ocurra, para disfrutar de esa paz instantánea, casi orgásmica, cuando, como milagro luminoso de la vida, finalmente aparece.
En calma, en calma de suspiros y el vacío satisfecho que subestima y se burla superior, creyendo que prescindir sería fácil: ¡Vaya actuación absurda e instintiva que no volverá! ¿No volverá? ¡No volverá! ¡No volverá! Y luego la pierdes, la pierdes, la pierdes, te pierdes, te pierdes, te pierdes…
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