Crónicas de una fractura anunciada

La escena es de borrosos gritos y movimientos enfadados. Pequeña y frágil, expresa sin éxito la injusticia contra su pecho, desbordada, provocada, con amor iracundo. 

Él, alto y fuerte, inmóvil, imperturbable, invadido de envidia ante su ausencia de maldad, la aborrece.  

Detiene sin esfuerzo sus intentos de hacerlo doblegar. Toma su diminuta y femenina mano entre sus gruesos dedos, y comienza a apretar, apretar, apretar, fiijos sus ojos a los suyos con desprecio, superior con su odio, usando su amor a beneficio, como siempre.

Ella encuentra su mirada y permite confundida que la misma mano que pidió la suya, ahora la ahogue sin arrepentimiento.

Siente miedo ante la expresión más dantesca que haya visto en un rostro que ama, que la observa invariable, mientras ella confía en esa mano que, lentamente, sin piedad , no grita y no  retrocede. 

Inmutados los gigantes dedos comprimen con fuerza hasta estallar los frágiles huesos, donde reposa el anillo de su unión a un monstruo. 

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