La castrada
Quiero desnudarme hasta la mujer, perderme en las transparencias y encajes de un movimiento sensual, ser galería pública de mis atributos.
Liberar mis gestos infantiles de niña eterna reprimida, despojada de la mediocre sexualidad femenina.
Permitir que se filtren mis instintos de hembra, que llevan años sepultados en nombre de lo correcto, tragados y pisoteados para que no se asomen siquiera en mi forma de caminar y de reírme.
Con miedo a que mi piel expire, intento desesperadamente ser mi propia crítica de mujer barata de cerebro vacío. Lo planifico sujetada con firmeza en la cima de siempre, antes de resbalar en ese tobogán amoral de fémina sin censura.
Sola, me veo en frente de mí misma e intento sacudir mi cabello en una sesión provocativa, sexy expresión de ojos, labios, cuello. Pero no puedo, encadenada a la pequeña estaca, siento que la nada se burla, mis ojos prejuiciados se avergüenzan de verme y me convenzo de que aún no sé cómo hacerlo. Estoy castrada, soy una niña que todavía vive y una mujer que en su parto ha muerto.
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